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VI. Esperanzas al amanecer

—Tengo una o dos entallas de gran belleza —dijo Tito, procediendo a sacar de su cartera un pequeño estuche.

Pero Romola no bien vio el movimiento, cuando lo miró con significativa gravedad y se puso el dedo sobre los labios⁠—

“Con viso che tacendo dicea, Taci.”

Si a Bardo se le hubiera hecho saber que las gemas estaban al alcance de su mano, ella sabía muy bien que habría querido una descripción minuciosa de ellas, y le habría causado dolor que se alejaran de él, incluso si no hubiera insistido en idear algún ardid para comprarlas a pesar de la pobreza.

Pero no bien hubo hecho esta señal, se sintió bastante culpable y avergonzada por haber confesado virtualmente una debilidad de su padre a un extraño. Parecía estar predestinada a una repentina confidencia y familiaridad con este joven griego, en extraña discrepancia con su orgullo y reserva arraigados; y esta conciencia volvió a teñir sus mejillas con un rubor insólito.

Tito comprendió la mirada y la seña de ella, y retiró

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