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XXXIV. No Hay Lugar para el Arrepentimiento

En medio minuto estuvo ante la puerta cerrada del cobertizo, donde la luna brillaba blanca sobre la vieja madera sin pintar.

En este último y decisivo momento, Tito sintió un temblor que lo recorría: un repentino y visceral encogimiento ante la posibilidad de una mirada de tigre, de un zarpazo de tigre. Mas ¿por qué habría de temer él, un joven, a un anciano? ¿Un joven con armadura, a un anciano sin armas? Fue apenas un momento de vacilación, y Tito puso la mano sobre la puerta. ¿Estaba su padre dormido? ¿No había nada más que la puerta que lo separara de aquella voz y de aquella mirada que ningún sortilegio podía volver inofensivas?

Baldassarre no estaba dormido. Había una abertura cuadrada en lo alto del muro de la choza, a través de la cual los rayos de la luna enviaban un haz de luz pálida; y si Tito hubiera podido mirar a través de esa abertura, habría visto a su padre sentado sobre la paja, con algo que brillaba como una estrella blanca en la mano. Baldassarre estaba tanteando el filo de su puñal, refugiándose en esa sensación de un vacío de pensamiento sin esperanza que parecía yacer como un gran abismo entre su pasión y su objetivo.

Se encontraba en uno de sus momentos más miserables de impotencia consciente: había estado estudiando, mientras había luz, el libro que yacía abierto a su lado; luego había estado intentando recordar los nombres de sus joyas y los símbolos grabados en ellas; y aunque en otras ocasiones había recuperado algunos de esos nombres y símbolos, esta noche todos se habían sumido en la oscuridad. Y este esfuerzo por ver hacia adentro había parecido terminar en una parálisis absoluta de la memoria. Se veía reducido a una especie de conciencia enloquecida de que era el único latido de justa ira en un mundo lleno de desafiante vileza. Había empuñado y desenvainado su daga, y durante mucho tiempo había estado tanteando su filo, con la mente reducida a una sola imagen y al sueño de una sola sensación: la sensación de hundir esa daga en un corazón ruin, al que era incapaz de atravesar de ningún otro modo.

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