que mezclaba con sus absurdos supersticiones o invenciones nociones muy notables sobre el gobierno: nada de charlatán, sino un hombre que sabía guardar sus secretos. Tito no le tenía más inquina que a santo Domingo. Por el contrario, la existencia de fra Girolamo había sido sumamente conveniente para Tito Melema, pues le proporcionaba ese peldaño de la escalera desde el cual estaba a punto de dar el salto hacia una nueva y lisa superficie muy a su entera satisfacción. Y todo estaba ya preparado y avanzado para ese salto: que un sol más saliera y se pusiera, y Tito esperaba abandonar Florencia. Había sido tan industrioso que se sentía con plena libertad para divertirse con la comedia de hoy, que el cabeza hueca de Dolfo Spini jamás habría podido llevar a cabo de no ser por él.
Aún no cesaba el fuerte cántico, sino que más bien crecía hasta convertirse en un estruendo ensordecedor, al ser retomado en todas partes de la Piazza por los Piagnoni, quienes llevaban sus cruces pequeñas y rojas como insignia y, la mayoría de ellos, entonaban la plegaria para la confusión de los enemigos de Dios con la expectativa de una respuesta que se daría por medio de un personaje más notable que fray Doménico. Este buen Frate, con su capa color fuego, estaba ahora arrodillado ante el pequeño altar en el que estaba depositado el Sacramento, a la espera de su llamada.
En el lado franciscano de la Logia no había cantos ni color de llama: solo silencio y gris. Pero existía esta diferencia compensatoria, y es que los franciscanos tenían dos campeones: un tal fray Giuliano se emparejaría con fray Domenico, mientras que el campeón original, fray Francesco, limitaba su desafío a Savonarola.
“Sin duda”, pensaron los hombres que se hacían lugar con incomodidad sobre las varas y los pilares, “todo debe estar listo ya. Este canto podría cesar, y veríamos mejor cuando los Frati comiencen a avanzar hacia la plataforma”.