tuviera pruebas físicas de ello, se hizo cada vez más fuerte; resultaba muy irritante —tal vez tanto más cuanto que cierta ternura y compasión por la pobre mujercita hacían que la determinación de escapar sin darle ninguna muestra visible de atención fuera un recurso no del todo agradable.
Sin embargo, Tito perseveró y llevó a su compañera hasta la puerta, ingeniándoselas hábilmente para decir su «addio» sin volver el rostro hacia una dirección en la que le fuera posible ver un inoportuno par de ojos azules; y mientras subía los escalones de piedra, trató de alejar los pensamientos desagradables diciéndose a sí mismo que, al fin y al cabo, Tessa tal vez no lo hubiera visto o, si lo había hecho, tal vez no lo hubiera seguido.
Pero —tal vez porque no se podía confiar firmemente en esa posibilidad—, cuando la visita terminó, salió por el umbral con paso rápido y un aire de indiferencia hacia todo lo que pudiera haber a su derecha o a su izquierda. Nuestros ojos están construidos, sin embargo, de tal modo que abarcan un amplio ángulo sin pedir permiso a nuestra voluntad; y Tito sabía que había una pequeña figura con capucha blanca de pie cerca de la puerta —lo sabía muy bien, antes de sentir que una mano se posaba en su brazo. Era un agarrón de verdad, y no un toque leve y tímido; pues la pobre Tessa, al ver su paso rápido, se había lanzado hacia adelante con un esfuerzo desesperado. Pero cuando él se detuvo y se volvió hacia ella, su rostro ostentaba una expresión asustada, como si temiera el efecto de su audacia.
—¡Tessa! —dijo Tito, con una brusquedad en la voz mayor de la que ella jamás le había escuchado—. ¿Por qué estás aquí? No debes seguirme; no debes rondar los umbrales esperando por mí.
Sus ojos azules se anegaron en lágrimas y no dijo nada. Tito temía algo peor que el ridículo si lo veían en la Via de’ Bardi con una campesina jovencita que lo miraba con aire patético. Era una calle de