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XX. El día del esponsal

visión mental completa de la gran iglesia donde esperaba que se le concediera sepultura entre los florentinos que bien lo habían merecido. Por fortuna el camino era corto y directo, y se hallaba apartado del bullicio más ruidoso del Carnaval, a condición de que lograran regresar antes de que empezaran los bailes o espectáculos en la gran plaza de Santa Croce. El oeste estaba rojo al cruzar el puente y proyectaba una luz suave sobre la hermosa procesión, que tenía un matiz de solemnidad ante la presencia del padre ciego. Pero cuando la ceremonia hubo terminado y Tito y Romola salieron a las anchas escaleras de la iglesia, con los áureos eslabones del destino en los dedos, la atardecida se había ahondado en un titilante firmamento y los criados tenían sus antorchas encendidas.

Mientras salían, un extraño y sombrío canto, semejante a un Miserere, llegó a sus oídos, y vieron que en el extremo de la plaza parecía haber una corriente de gente impelida por algo que se acercaba desde el Borgo de’ Greci.

—Es una de sus procesiones enmascaradas, supongo —dijo Tito, que ahora se encontraba a solas con Romola, mientras Bernardo se hacía cargo de Bardo.

Y mientras hablaba, apareció lentamente a la vista, a una altura muy superior a las cabezas de los espectadores, una enorme y espantosa imagen del Tiempo Alado con su guadaña y su reloj de arena, rodeado de sus hijos alados, las Horas. Iba montado en un alto carro cubierto por completo de negro, y los bueyes que tiraban del carro también estaban cubiertos de negro, sobresaliendo únicamente sus cuernos blancos por encima de la penumbra; de modo que en la sombría sombra de las casas les parecía a los que estaban lejos como si el Tiempo y sus hijos fueran apariciones flotando en el aire.

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