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LXX

Romola estaba demasiado profundamente conmovida por los principales acontecimientos que había conocido antes de llegar a Florencia como para dejarse impresionar por los dudosos y chismosos detalles añadidos en la narración de Brígida.

La tragedia de la muerte de su esposo, de la confesión de duplicidad de Fray Girolamo bajo la coacción de la tortura, apenas le dejaban capacidad para captar las circunstancias menores.

Toda la actividad mental que podía ejercer bajo esa carga de sobrecogedor dolor estaba absorbida por dos propósitos que debían anteponerse a cualquier otro: intentar ver a Savonarola y averiguar qué había sido de Tessa y de los niños.

—Dime, prima —dijo de pronto, cuando la lengua de monna Brigida se había alejado por completo de las penas para pasar a los planes de que Romola viviera con ella—, ¿se ha visto o se ha dicho algo, desde la muerte de Tito, de una joven con dos niños pequeños?

Brígida dio un salto, abrió desmesuradamente los ojos y levantó las manos.

“¡Cristo! No. ¡Cómo! ¿Era tan malo como eso, hija mía? Ah, entonces por eso te fuiste, y me dejaste dicho solo que te ibas por tu propia voluntad. Bien, bien; si hubiera sabido eso, no te habría creído tan extraña y voluble. Pues sí me dije, aunque no se lo conté a nadie más: «¿A qué se iba a ir de al lado de su marido, dejándolo a merced del mal, solo porque le cortaron la cabeza al pobre Bernardo? Tiene el carácter de su padre», me dije, «eso es lo que pasa». Bien, bien; no me regañes, niña: Bardo era fiero, no lo puedes negar. Pero si tan solo me hubieras dicho la verdad, que había una mozuela y niños, lo habría entendido todo.

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