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IX. El rescate de un hombre

Sin embargo, el momento en que tuvo por primera vez esta suma en su poder fue la crisis del primer conflicto grave que su naturaleza dúctil y bondadosa había conocido.

Un pensamiento importuno, del cual hasta entonces se había negado a ver más que la sombra mientras pisaba sus talones, se precipitó al fin sobre él y lo apresó: se vio obligado a detenerse y decidir si se rendiría y obedecería, o si daría la negativa que habría de acarrear consecuencias irrevocables.

Fue en la habitación situada sobre la tienda de Nello, que Tito había alquilado ahora como vivienda, donde el anciano Cennini le entregó la última cuota de la suma por parte de Bernardo Rucellai, el comprador de las dos gemas más valiosas.

—¡Ecco, giovane mio! —dijo el respetable impresor y orfebre—, ya tienes una pequeña y hermosa fortuna; y si quieres aceptar mi consejo, me dejarás colocar tus florines en un lugar seguro, donde puedan crecer y multiplicarse, en vez de escaparse entre tus dedos en banquetes y otras locuras que abundan tanto entre nuestra juventud florentina.

Y ha sido demasiado la moda de los eruditos, especialmente cuando, como nuestro Pietro Crinito, piensan que su erudición necesita ser perfumada y bordada, despilfarrar con una mano hasta que les ha tocado mendigar con la otra.

Te he traído el dinero, y eres libre de tomar una decisión sabia o insensata: ya veré de qué lado se inclina la balanza. Los florentinos no consideramos a ningún hombre miembro de un Arte hasta que ha demostrado su destreza y ha sido matriculado; y nadie está matriculado en el arte de la vida hasta que ha sido bien tentado.

Si te decides a poner tus florines a usura, puedes avisarme mañana. Un erudito puede casarse, y debe tener algo preparado para la cofia nupcial. Addio.

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