Una vida intensa había dejado sus huellas en ella: la mejilla de finas facciones se había hundido un poco, la dorada corona era menos frondosa; pero había en el rostro de Romola una placidez que nunca le había pertenecido en la juventud. Solo una vez podemos conocer nuestros peores dolores, y Romola los había conocido cuando la vida aún era nueva.
Absorta de este modo, al principio no se dio cuenta de que Lillo había dejado de mirar su libro y la estaba observando con un aire ligeramente impaciente, lo que significaba que quería hablar con ella, pero no estaba muy seguro de si a ella le apetecería esa diversión en ese momento.
Pero las miradas perseverantes terminan por hacerse notar. Romola apartó al fin sus ojos de la distancia y se encontró con la oscura e impaciente mirada de Lillo con una sonrisa cada vez más luminosa. Él se arrastró por el suelo, manteniendo todavía el libro sobre su regazo, hasta que se acercó a ella y apoyó la barbilla en su rodilla.
—¿Qué pasa, Lillo? —dijo Romola, retirándole el cabello de la frente. Lillo era un muchacho apuesto, pero sus rasgos estaban resultando ser más toscos y menos regulares que los de su padre. La sangre del campesino toscano corría por sus venas.
—Mamma. Romola, ¿qué voy a ser de mayor? —dijo, muy satisfecho de que hubiera perspectivas de hablar hasta que fuera demasiado tarde para seguir empollando el «Spirto gentil».
—¿Qué te gustaría ser, Lillo? Podrías ser un erudito. Mi padre era un erudito, ya sabes, y me enseñó muchísimo. Esa es la razón por la que puedo enseñarte a ti.
—Sí —dijo Lillo, bastante dubitativo—. Pero en el cuadro es viejo y ciego. ¿Obtuvo mucha gloria?