desembarcar en una parte recóndita de la ciudad y, aun así, llegar a San Gallo. La vida todavía se extendía ante él. Y la chusma imbécil, que gritaba y bramaba allá en el puente, creería que se había ahogado.
Eso pensaban.
Asomándose por el pretil a lo largo del oscuro arroyo, no alcanzaban a ver a lo lejos la negrura en movimiento del cabello flotante ni las mangas de terciopelo de la túnica.
Solo desde la otra dirección se podía ver un pálido rostro aceitunado que se alzaba blanco sobre el agua oscura: un rostro difícil de olvidar incluso para el indiferente, con su frente cuadrada, el largo y bajo arco de las cejas y los largos ojos lustrosos semejantes al ágata. Siguió adelante el rostro sobre la corriente oscura, con las fosas nasales dilatadas y temblorosas, con las venas azules turgentes en las sienes. Había pasado un puente: el puente de Santa Trinita. ¿Debía arriesgarse a desembarcar ahora en vez de confiar en sus fuerzas? No. Oía, o creía oír, alaridos y gritos que lo perseguían. El terror lo presionaba sobre todo por el flanco de sus semejantes: temía menos los azares indefinidos, y siguió nadando, jadeando y esforzándose. No estaba tan fresco como lo habría estado de haber pasado la noche durmiendo.
Sin embargo, el siguiente puente —el último puente— quedó atrás. Era consciente de ello; pero en el tumulto de su sangre, solo alcanzaba a sentir vagamente que estaba a salvo y que podía desembarcar. ¿Pero dónde? La corriente hacía lo que quería con él: apenas sabía dónde estaba; el agotamiento le estaba provocando el estado de ensoñación que precede a la inconsciencia.
Pero ahora había ojos que lo distinguían; ojos ancianos, fuertes para la distancia.