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XX. El día del esponsal

Y luego se unieron a la compañía que esperaba, la cual formaba una pequeña y digna comitiva mientras avanzaba por el Ponte Rubaconte hacia Santa Croce. Pasaba lentamente, pues Bardo, desacostumbrado desde hacía años a salir de su propia casa, caminaba con un paso más tímido que de costumbre; y ese paso lento cuadraba bien con la gotosa dignidad de Messer Bartolommeo Scala, quien honraba la ocasión con su presencia junto con su hija Alessandra. Era costumbre contar con numerosísimos séquitos de parientes y amigos en el sposalizio, o esponsales, y en tiempos pasados incluso se había considerado necesario limitar el número por ley a no más de cuatrocientos —doscientos por cada bando—, pues, dado que todos los invitados eran agasajados con un banquete después de esta ceremonia inicial, así como tras las nozze, o boda, la mismísima primera etapa del matrimonio se había vuelto un gasto ruinoso, como se quejaba en su propio caso aquel erudito benedictino, Leonardo Bruno. Pero Bardo, quien en su pobreza se había mantenido orgullosamente libre de cualquier apariencia de reclamar las ventajas asociadas a un apellido influyente, no quiso que se hiciera ninguna invitación basándose en la mera amistad; y la modesta comitiva de veinte personas que seguía a los sposi estaba compuesta, salvo tres o cuatro excepciones, por amigos de Bardo y de Tito elegidos por motivos personales.

Bernardo del Nero caminaba como una vanguardia ante Bardo, quien era guiado a la derecha por Tito, mientras Romola sostenía la otra mano de su padre. El propio Bardo se había casado en Santa Croce, y había insistido en que el esponsal y la boda de Romola tuvieran lugar allí, en lugar de en la pequeña iglesia de Santa Lucia cercana a su casa, porque albergaba una

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