CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 125 de 836
Table of Contents

VIII. Un rostro entre la multitud

libertad ideal de los buenos y viejos tiempos pendencieros y conflictivos, en los que Florencia levantaba sus grandes edificios, criaba a sus propios soldados, expulsaba a punta de espada a los aspirantes a tiranos y se enorgullecía de cumplir su palabra a costa de sus propias pérdidas. Lorenzo había muerto, el papa Inocencio agonizaba, y una molesta sucesión napolitana, junto con un Milán intrigante y ambicioso, bien podían poner a Italia patas arriba antes de mucho: los tiempos prometían ser difíciles. Aun así, había tanto más motivo para que la República mantuviera sus fiestas religiosas.

Y la mañana de San Juan de este año de 1492 no fue menos luminosa que de costumbre. Muy temprano por la mañana, las ofrendas simbólicas que debían desfilar en gran procesión se congregaron en su punto de partida en la Piazza della Signoria —esa famosa plaza donde se alzaban entonces, y se alzan ahora, el macizo y almenado Palacio del Pueblo, llamado Palazzo Vecchio, y la amplia Loggia, construida por Orcagna⁠—, escenario de todas las grandes ceremonias de Estado. El cielo formaba la más bella tienda azul, y bajo él las campanas tañían con tanta fuerza que cualquier espíritu maligno con la sensatez suficiente como para resultar temible hacía ya mucho que habría emprendido la huida; las ventanas y las azotejas bullían de rostros humanos; las sombrías casas de piedra resplandecían con colgaduras; la torre del palacio, de audaz vuelo, la torre cuadrada, aún más antigua, del Bargello, y el chapitel de la vecina Badia parecían hacer guardia desde lo alto; y abajo, sobre las anchas losas poligonales de la plaza, se desplegaba el glorioso espectáculo de estandartes, caballos con ricosjaeces y gigantescos ceri, o cirios, a los que con razón se llamaba torres⁠—descendientes extrañamente engrandecidos de aquellas antorchas a cuya débil luz la Iglesia rendía culto en las catacumbas. Muy de mañana debían emprender la marcha todas las procesiones bajo el cielo veraniego de Florencia, donde el refugio de las calles estrechas debía alternarse de vez en cuando con el fulgor de los espacios abiertos; y el sol ya estaría bien alto en el cielo antes de que la larga pompa hubiera terminado su peregrinaje en la Piazza di San Giovanni.

125