Los de Fiesole pasaron primero. Un manto negro partido por el blanco tras otro, una cabeza tonsurada tras otra, y aun así la expectación seguía en vilo. Eran mantos muy burdos, todos ellos, y muchos estaban gastados, por no decir harapientos; pues el prior de San Marco había reducido a las fraternidades bajo su mando a la más estricta pobreza y disciplina. Pero en la larga fila de blanco y negro se distinguió por fin un manto apenas un poco más desgastado que los demás, con una cabeza tonsurada encima que tal vez no le habría parecido sumamente notable a un extraño que no la hubiera visto en medallas de bronce, con la espada de Dios en el anverso; o rodeada por una guardia armada camino del Duomo; o transfigurada por la llama interior del orador al mirar a su alrededor a una multitud arrebatada.
A medida que se divisa la aproximación de Savonarola, nadie se atrevía a romper ostensiblemente la quietud con un sonido que se elevara por encima del solemne paso de las pisadas y el tenue roce de las vestiduras; sin embargo, su oído, así como otros oídos, captó un sonido mezclado de un lento siseo que ansiaba ser maldiciones y murmullos que ansiaban ser bendiciones.
Tal vez fue la sensación de que el siseo predominaba lo que hizo que dos o tres de sus discípulos en la primera fila de la multitud, en el cruce de los caminos, cayeran de hinojos como si algo divino estuviera pasando.
El movimiento de homenaje silencioso se propagó: recorrió los lados de las calles como una vibración sutil, dejando a algunos inmutables, mientras hacía que la mayoría doblara la rodilla e inclinara la cabeza.
Pero también el odio cobró una expresión más intensa; y mientras Savonarola ascendía por la Por’ Santa Maria, Romola pudo ver que alguien en una ventana superior le escupía.