su cabeza de calabaza para decir: ‘Niccolò, ¿no quieres ir a ver al Rey de Francia y a sus soldados?’, y yo he contestado: ‘No: no quiero ver sus caras, quiero ver sus espaldas’.”
—¿Estás fabricando armas para los ciudadanos, entonces, Niccolò, para que tengan algo mejor que guadañas oxidadas y asadores en caso de revuelta?
—Ya veremos. Las armas son buenas, y es probable que Florencia las necesite. El Frate nos dice que volveremos a tener Pisa, y yo estoy con el Frate; pero me alegraría saber cómo ha de cumplirse la promesa si no conseguimos un buen montón de buenas armas forjadas. El Frate ve muy lejos; en eso creo. Pero no ve que los pájaros se cojan con mirarlos, como algunos de los nuestros intentan hacer creer. Ve sentido común, y no tonterías. Pero usted es un tanto mediceo, Messer Tito Melema. ¡Ebbene! Lo he sido yo mismo en su día, antes de que el vino empezara a agriarse. ¿Cuál es su asunto?