Con ese proyecto en la mente, permaneció inmóvil, con las manos en el cinturón y los ojos fijos distraídamente en el suelo. Nello, al echarle un vistazo, tuvo la certeza de que estaba absorto en la preocupación por Romola, y lo encontró una imagen tan bella de tristeza desinteresada que, apenas perceptiblemente, le apuntó con la navaja y lanzó una mirada desafiante a Piero di Cosimo, a quien nunca le había perdonado que se negara a ver ningún pronóstico de carácter en el apuesto rostro de su protegido. Piero, que estaba apoyado en el otro quicio de la puerta, cerca de Tito, se encogió de hombros: la frecuente repetición de tales desafíos por parte del Nello había transformado la primera declaración de neutralidad del pintor en una inclinación positiva a pensar mal del tan elogiado griego.
—Así que has vuelto a recuperar a tu Fra Girolamo, ¿eh, Cronaca? Supongo que volverá a predicar el próximo Adviento —dijo Nello.
—Y no antes de que haya necesidad —dijo Cronaca con gravedad—. Desde la última Cuaresma hemos tenido el mejor testimonio de sus palabras; pues incluso para los malvados la maldad se ha convertido en una plaga, y la madurez del vicio se está pudriendo en las narices aun de los viciosos. No ha habido un solo cambio desde la Cuaresma, ni en Roma ni en Florencia, que no haya puesto un nuevo sello en las palabras del Frate: que la cosecha del pecado está madura y que Dios la segará con una espada.
—Espero que haya tenido una nueva visión, sin embargo —dijo Francesco Cei con burla—. Las viejas están algo pasadas. ¿No puede conseguir tu Frate un poeta que le ayude con la imaginación?
—Poetas no le faltan —dijo Cronaca, con tranquilo desprecio—, pero son grandes poetas y no pequeñitos; así que se contentan con que él les enseñe, y no consideran que la verdad que Dios le ha dado para expresar sea más anticuada que la luz de la luna.