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VI. Esperanzas al amanecer

del mundo, era como un dique nevado que frenaba el torrente de asombrado entusiasmo. El rostro radiante de Tito mostraba su belleza de tonos ricos sin ninguna rivalidad de color sobre su sayo negro o túnica corta hasta las rodillas. Parecía una guirnalda primaveral, caída de pronto en la vida joven pero invernal de Romola, que no había heredado más que recuerdos⁠—recuerdos de una madre muerta, de un hermano perdido, de los tiempos más felices de un padre ciego⁠—, recuerdos de luz, amor y belleza lejanos, que yacían sepultados en oscuras minas de libros y apenas podían volver a emitir su brillo hasta que los encendiera para ella la antorcha de alguna alegría conocida.

No obstante, ella le devolvió la reverencia a Tito, hecha al entrar, con el mismo rostro pálido y altivo de siempre; pero, a medida que él se acercaba, la nieve se derritió, y cuando él se atrevió a mirarla de nuevo, mientras Nello hablaba, un rubor rosado se extendió por su rostro, para desaparecer casi de inmediato, como si su imperiosa voluntad lo hubiera llamado de vuelta.

La mirada de Tito, por el contrario, tenía esa admiración tierna y suplicante que es la más propiciatoria de las súplicas para una mujer orgullosa y tímida, y es tal vez la única reparación que un hombre puede ofrecer por ser demasiado apuesto.

El atractivo acabado de su aire provenía principalmente de la ausencia de exigencia y presunción. Era el de un animal ágil, de pelaje suave y ojos oscuros, que te deleita al no huir con indiferencia de tu lado, sino que inesperadamente apoya la barbilla en la palma de tu mano y te mira con el deseo de ser acariciado, como si te amara.

—Messere, os doy la bienvenida —dijo Bardo, con cierta condescendencia—; la desgracia unida a la erudición, y en especial a la erudición griega, es una carta de presentación que debería ganarse el favor de todo florentino instruido; pues, como sin duda sabéis, desde la

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