No hay lugar para el arrepentimiento
Messer Naldo volvió de nuevo antes de lo esperado: llegó la noche del veintiocho de noviembre, solo once días después de su anterior visita, lo que demostraba que no había ido mucho más allá de las montañas; y una escena que hemos presenciado tal como tuvo lugar esa noche en la Via de’ Bardi puede ayudar a explicar el impulso que dirigió sus pasos hacia la colina de San Giorgio.
Cuando Tito había encontrado por primera vez este hogar para Tessa, a su regreso de Roma, hacía ya más año y medio, había actuado, según se convencía a sí mismo, simplemente bajo la coacción que le imponía su propia bondad tras el desafortunado incidente que había hecho que la tonta y pequeña Tessa lo imaginara como su marido. Era verdad que la bondad se manifestaba hacia una criatura bonita y confiada a la que era imposible acercarse sin sentirse inclinado a acariciarla y mimarla; pero no era menos verdad que Tito tenía impulsos de bondad hacia ella al margen de cualquier beneficio personal previsto. De otro modo, por encantadores que fueran su hermosez y su charla en un momento de pereza, habría preferido verse libre de ella; pues no estaba enamorado de Tessa; estaba enamorado por primera vez en su vida de una mujer completamente distinta, hacia la cual no se sentía inclinado simplemente a colmar de caricias, sino cuya presencia lo poseía de tal modo que el simple roce de sus largos cabellos sobre su mejilla parecía vibrar a lo largo de las horas. Toda la joven pasión ideal que había en él se había visto agitada por Romola, y su fibra era demasiado fina, su intelecto demasiado lúcido, como para dejarse tentar por los hábitos de un buscador de placeres groseros. Pero había tejido una red en torno a sí mismo y a Tessa,