determinación se expresaba con mucha fuerza en las consultas de los ciudadanos dentro del Viejo Palacio, y empezaba a manifestarse sobre las anchas losas de las calles y de la plaza siempre que había oportunidad de mofarse de un francés insolente. En estas circunstancias, las calles no eran del todo un paseo agradable para las mujeres de buena cuna; pero Ráquela, embozada en su velo y manto negros, y con el viejo Maso a su lado, se sentía lo suficientemente a salvo de observaciones impertinentes.
Y estaba impaciente por visitar a Piero di Cosimo. Una copia del retrato de su padre como Edopo, que él hacía mucho tiempo se había comprometido a hacerle, aún no estaba terminada; y Piero era tan inconstante en su trabajo —a veces, cuando el encargo no era apremiante, dejaba de lado un cuadro durante meses; a veces lo metía en un rincón o en un cofre, donde era probable que quedara totalmente en el olvido— que sentía la necesidad de vigilar su progreso. Era una de las favoritas del pintor, y él estaba dispuesto a complacer cualquiera de sus deseos, pero no se podía confiar en ninguna inclinación general como salvaguarda contra sus repentinos caprichos. Le había dicho la semana anterior que el cuadro tal vez estaría terminado para entonces; y Romola tenía la ansiedad nerviosa de poseer una copia del único retrato existente de su padre en los días de su ceguera, no fuera a ser que su imagen se desvaneciera en su mente. La sensación de insuficiencia en su devoción hacia él la hacía aferrarse con toda la fuerza del remordimiento, así como del afecto, a los deberes de la memoria. El amor no aspira simplemente al bien consciente del objeto amado: no se satisface sin una perfecta lealtad de corazón; aspira a su propia plenitud.
Romola, por un favor especial, tenía permitido irrumpir donde el pintor sin previo aviso.
Levantó la compuerta de hierro y llamó a Piero con un tono aflautado, como la pequeña doncella de los huevos había hecho en presencia de Tito. Piero fue rápido en responder, pero al abrir la puerta justificó su rapidez de una manera poco halagüeña.