En la brillante Ferrara, diecisiete años atrás, la contradicción entre la vida de los hombres y sus creencias profesadas le había abrumado con una fuerza que bastó para destruir su apetito por el mundo, y a la edad de veintitrés años le había empujado al claustro.
Creía que Dios había encomendado a la Iglesia la lámpara sagrada de la verdad para la guía y salvación de los hombres, y veía que la Iglesia, en su corrupción, se había convertido en un sepulcro para ocultar la lámpara.
A medida que los años pasaban, los escándalos aumentaron y se multiplicaron, y la hipocresía pareció haber dado paso a la impudicia.
¿Había dejado el mundo, pues, de tener un Gobernante justo? ¿Había sido finalmente abandonada la Iglesia? No, ciertamente: en el Libro Sagrado había un registro del pasado en el que podía verse, como en un espejo, lo que habría de ser en los días venideros, y el libro mostraba que, cuando la maldad del pueblo escogido, arquetipo de la Iglesia cristiana, había clamado al cielo, los juicios de Dios habían descendido sobre él.
No, la razón misma declaraba que la venganza era inminente, pues ¿qué otra cosa bastaría para apartar a los hombres de su obstinación en el mal? Y a menos que la Iglesia fuera redimida, ¿cómo podrían cumplirse las promesas de que los paganos se convertirían y el mundo entero quedaría sujeto a la única ley verdadera? Había visto su creencia reflejada en visiones, un modo de ver que le había sido frecuente desde su juventud.
Pero la verdadera fuerza demostrativa para Girolamo Savonarola residía en su propia ardiente indignación ante la visión de la injusticia; en su fervorosa fe en una Justicia Invisible que pondría fin a la injusticia, y en una Pureza Invisible ante la cual la mentira y la impureza eran una abominación.