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VII. Una disputa erudita

mención del anhelo del difunto Lorenzo por coleccionar tales especímenes de arte antiguo hasta el tema del gusto y los estudios clásicos en general y su estado actual en Florencia, era inevitable mencionar a Poliziano, un hombre de talento eminente, sin duda, pero un poco demasiado arrogante —que pretendía ser un Hércules cuyo oficio era destruir todas las monstruosidades literarias de la era, y que escribía cartas a sus mayores sin firmarlas, como si fueran revelaciones milagrosas que solo pudieran tener una fuente—. Y, al fin y al cabo, ¿acaso no eran sus propias críticas a menudo cuestionables y sus gustos perversos? Le gustaba decir cosas mordaces sobre los hombres que creían escribir como Cicerón porque terminaban cada frase con “esse videtur”: mas, mientras se jactaba de su libertad respecto a la imitación servil, ¿no caía en el otro extremo, persiguiendo palabras extrañas y frases afectadas? Incluso en sus tan loadas Miscellanea, ¿era defendible cada uno de los puntos?

Y Tito, que acababa de echar un vistazo a la Miscellanea, encontró tantas cosas agradables que decirle al secretario —lo habría hecho por su mera disposición a complacer, sin otro motivo—, que se mostró de sobra digno de ser nombrado juez en la notable correspondencia acerca del culex. He aquí el epigrama griego que Poliziano sin duda había considerado el mejor del mundo, aunque había fingido creer que los transmarini, los propios griegos, lo desdeñarían: ¿no había estado diciendo la verdad sin proponérselo en su falsa modestia?

Tito estaba preparado y sacrificó el epigrama para satisfacción de Scala. ¡Oh, sabio y joven juez! Sin duda sabía apreciar la sátira aun en lengua vulgar, y Scala —que, excelente hombre, sin buscar la publicidad a través de los libreros, nunca carecía de «bagatelas apresuradas y sin corregir», a modo de sorbete para un visitante en un día caluroso, o, si el tiempo era frío, pues entonces a modo de cordial— tenía unos cuantos asuntos menores en forma de sonetos, centrados en conocidos defectos de Poliziano, que no querría que fuesen más lejos, pero que tal vez entretendrían a la compañía.

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