¿No había dicho que Dios se manifestaría en el momento oportuno? Y para el entendimiento de los sencillos florentinos, ansiosos por ver resueltas las cuestiones de partido, parecía que ningún momento podía ser más oportuno que este. Ciertamente, si fray Doménico atravesaba el fuego ileso, eso sería un milagro, y la fe y el ardor de aquel buen hermano se percibían como un augurio alentador; pero Savonarola era agudamente consciente de que el anhelo secreto de sus seguidores de verle aceptar el desafío no se había disipado por ninguna de las razones que había dado para su negativa.
Y sin embargo, le era imposible satisfacerlos; y con amarga angustia veía ahora que ya le era imposible resistir la continuación del proceso en el caso de Fray Doménico.
No es que Savonarola hubiera pronunciado y escrito una falsedad cuando declaró su creencia en una futura atestación sobrenatural de su obra; sino que su mente estaba constituida de tal modo que, si bien le era fácil creer en un milagro que, por ser distante e indefinido, se ocultaba tras las sólidas razones que veía para su ocurrencia, y aún más fácil le era tener fe en milagros interiores como su propia inspiración profética y sus intuiciones obradas por Dios; le resultaba al mismo tiempo insuperablemente difícil creer en la probabilidad de un milagro que, como este de cruzar ileso a través del fuego, presionaba con todos sus detalles sobre su imaginación e implicaba una exigencia no solo de fe, sino de una acción excepcional.
La naturaleza de Savonarola era de aquellas en las que las tendencias opuestas coexisten con una fuerza casi igual: la sensibilidad apasionada que, impaciente por el pensamiento definido, inunda cada idea de emoción y tiende hacia el éxtasis contemplativo, alternaba en él con una