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LXIX

que su mente se rebelaba, le decía que la huida había sido su único recurso. Todas las mentes, salvo aquellas que se libran de la duda por la torpeza de su sensibilidad, han de estar sujetas a este conflicto recurrente allí donde las condiciones de la vida, de múltiples enredos, han prohibido el cumplimiento de un lazo. Pues, hablando estrictamente, no hay sustitución de relaciones: la presencia de lo nuevo no anula el fracaso y la ruptura de lo viejo. La vida ha perdido su perfección: ha quedado mutilada; y hasta que las heridas no están completamente cicatrizadas, la conciencia lanza continuamente miradas hacia atrás, llenas de duda.

Romola se encogía de pavor ante la perspectiva de volver a estar cerca de Tito, y sin embargo la inquietaba haberse puesto fuera del alcance de conocer cuál era su destino; la inquietaba que pudiera llegar aún el momento en que él estuviera en la miseria y la necesitara.

Aún quedaba en su interior un hilo de dolor, testimonio de aquellas palabras de fray Girolamo, de que no podía dejar de ser esposa. ¿Podía cesar por completo para ella algo que una vez se había mezclado con la corriente de la sangre de su corazón?

Florencia, y toda su vida allí, había vuelto a ella como el hambre; sus sentimientos no podían divagar en busca de lo posible y lo vago: su fibra vital se alimentaba del recuerdo de las cosas familiares. Y el pensamiento de que se había apartado de ellas para siempre se volvía cada vez más importuno en estas horas vacías de acción. * ¿Y si fray Girolamo se hubiera equivocado? * ¿Y si la vida de Florencia fuera una red de inconsistencias? ¿Era ella, acaso, algo superior, para sacudirse el polvo de los pies y decir: «Este mundo no es lo suficientemente bueno para mí»? Si

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