La Sombra de Némesis
Era la perezosa hora vespertina del siete de septiembre, más de dos meses después del día en que Romola y Tito se habían confesado su amor el uno al otro.
Tito, recién bajado a la tienda de Nello, había encontrado al barbero estirado en el banco con la gorra sobre los ojos; tenía una pierna encogida y la otra había resbalado hacia el suelo, al parecer arrastrando consigo un volumen manuscrito de versos, que yacía con las hojas ajadas.
En un rincón estaba sentado Sandro, jugando solo a la morra y observando con mirada solemne la lenta respuesta de sus dedos izquierdos a las exigencias aritméticas de los derechos.
Pisando con el paso más suave, Tito arrebató el laúd y, inclinándose sobre el barbero, tocó las cuerdas ligeramente mientras cantaba—
“¡Cuán bella es la juventud, que se escapa sin cesar! Quien quiera ser feliz, que lo sea: del mañana no hay certeza.”
Nello se despertaba con la misma facilidad que un pájaro. Se quitó la gorra de los ojos en un instante y se incorporó de un salto.
“¡Ah, mi Apollino! Me parece que voy un tanto tarde con mi siesta en este día tan caluroso. Eso pasa por no dormirse de la manera natural, sino tomando un brebaje de potente poesía. ¿Oyes cómo empiezo a hacer coincidir mis palabras por la letra inicial, como un Trovatore? Ese es uno de mis malos síntomas: temo mucho que el buen vino de mi entendimiento se vaya a escapar por la espita de la autoría, y me quede reducido a una barrica vacía con olor a sedimentos, como tantos otros genios incomparables de mi conocimiento.