ofendido—; pero entonces —¡oh, hermosa balanza de las cosas!— le picaba la vena de la autoría y era un mal escritor; uno de esas personas excelentes que, sentadas con zapatillas para la gota, «escribían naderías poéticas» enteramente para su propio entretenimiento, sin ninguna pretensión de llegar a un público y, en consecuencia, se las enviaban a sus amigos en cartas, que eran las publicaciones periódicas del siglo quince.
Ahora bien, Scala tenía abundancia de amigos dispuestos a alabar sus escritos: amigos como Ficino y Landino —amables pastores en el parque medíceo junto con él—, que encontraban su estilo en prosa latina elegante y masculino; y el terrible José Escalígero, que iba a declararlo totalmente ignorante de la latinidad, se hallaba a una distancia cómoda en el siglo siguiente. Pero ¿cuándo la coquetería fatal inherente a la autoría superflua se ha contentado del todo con la fácil alabanza de los amigos? Ese crítico supercilio Politiano —un compañero de pastoreo, que distaba mucho de ser amable— tenía que enterarse de que el sólido secretario mostraba, en sus horas de ocio, una agradable fecundidad en versos, lo cual indicaba bastante claramente cuánto podría hacer por ese camino si no fuera un hombre de negocios.
¡Momento inefable! aquel en que el hombre a quien odias en secreto te envía un epigrama en latín con un género falso: endecasílabos con una elisión dudosa, al menos un pie de más, intentos de figuras poéticas que son manifiestos solecismos. Ese momento le había llegado a Poliziano: el secretario había asomado su blanda cabeza fuera del caparazón oficial, y el terrible cangrejo al acecho se le vino encima.
Policiano había usado de la libertad propia de un amigo y, amablemente, en forma de epigrama latino, corrigió el error de Scala al hacer que el culex (un insecto demasiado bien conocido en las orillas del Arno) fuera de género inferior o femenino. Scala respondió con una mala broma, en versos latinos adecuados, haciendo referencia al cortejo infructuoso de