estimulante símbolo de lucha callejera, semejante al ondear de un conocido gonfalón. Y la primera señal de que el fuego estaba listo para estallar fue algo tan rápido como una pequeña y titilante lengua de llama: fue un acto del diablillo de Lollo, el ayudante del titiritero, que bailaba y se burlaba frente a los ingenuos muchachos que formaban la mayoría de la muchedumbre. Lollo no sentía gran compasión por los prisioneros, pero, consciente de poseer un excelente cuchillo que era su inseparable compañero, le había parecido desde el principio que dar un salto al frente, cortar una cuerda y retroceder de un brinco antes de que el soldado que la sujetaba pudiera usar su arma sería una travesura divertida y diestra. Y ahora, cuando la gente comenzó a abuchear y a empujarse con más fuerza, Lollo sintió que había llegado su momento: estaba cerca del prisionero mayor; en un instante había cortado la cuerda.
—¡Corre, viejo! —le sopló al oído al prisionero, tan pronto como la cuerda quedó en dos; y él mismo dio el ejemplo de correr como si lo ayudaran las alas, como un ave asustada.
Las sensaciones del prisionero no fueron demasiado lentas como para dejar pasar la oportunidad: la idea de la fuga había estado continuamente presente en él, y había cobrado nuevas esperanzas del temperamento de la multitud. Echó a correr de inmediato; pero su velocidad apenas le habría bastado si los florentinos no se hubieran interpuesto instantáneamente entre él y su captor. Siguió corriendo hacia la plaza, pero pronto oyó el trinar de pasos a sus espaldas, pues los otros dos prisioneros habían sido liberados, y los