Había empezado a ver con claridad que no podía persuadirla para que diera su consentimiento: debía tomar otro rumbo y demostrarle que el tiempo de la resistencia había pasado.
Eso, al menos, pondría fin a una lucha mayor; y si la revelación no la hacía él mismo esta noche, mañana tendría que hacerse de otro modo.
Esta necesidad fortaleció su valor; y su experiencia de la afectividad de ella y de su inesperada sumisión, desde el matrimonio de ambos hasta ahora, lo alentaba a esperar que, al fin, ella se acomodaría a lo que había sido su voluntad.
—Siento oirte hablar con ese espíritu de ciega obstinación, mi Romola —dijo, con tranquilidad—, porque me obliga a causarte dolor. Pero en parte preví tu oposición, y como era necesaria una pronta decisión, evité ese obstáculo y decidí sin consultarte. El propio cuidado de un esposo por los intereses de su mujer lo obliga a esa acción separada a veces, aun cuando tiene una mujer como tú, mi Romola.
Volvió los ojos hacia él con una pregunta contenida en el aliento.
—Quiero decir —respondió a su mirada—, que he dispuesto el traslado, tanto de los libros como de las antigüedades, a un lugar donde encontrarán la más alta utilidad y valor. Los libros han sido comprados para el duque de Milán, los mármoles y bronces y el resto van a Francia: y ambos estarán protegidos por la estabilidad de una gran Potencia, en lugar de permanecer en una ciudad expuesta a la ruina.
Antes de que él hubiera terminado de hablar, Romola se había levantado de su asiento y se quedó de pie mirándole desde arriba, con las manos apretadas cayendo ante ella y, por primera vez en su vida, con un destello de fiereza en su desdén y su ira.
—¿Los has vendido? —preguntó, como si dudara de sus propios oídos.