Romola se preocupaba mucho por aquella música. No tenía una inclinación innata por cuidar enfermos y vestir a los menesterosos, como algunas mujeres para quienes los detalles de tales labores son bienvenidos en sí mismos, simplemente como una ocupación. Su temprana formación la había mantenido al margen de esas labores femeninas; y si no hubiera aportado a ellas la inspiración de sus sentimientos más profundos, le habrían resultado tediosas. Pero habían llegado a ser el único refugio inquebrantable de su mente, el único sendero estrecho sobre el cual la luz caía clara. Si el abismo entre ella y Tito —que no hacía más que ensancharse de forma más perceptible a partir de sus intentos de salvarlo mediante la sumisión— le traía la duda de si, después de todo, el vínculo al que se había esmerado en ser fiel no sería en sí mismo falso; si salía de junto a su confesor, fray Salvestro, o de algún contacto con los discípulos de Savonarola entre los que rendía culto, con la nauseabunda sensación de que aquella gente era penosamente estrecha de miras, y con una reacción casi impetuosa hacia su antiguo desprecio por la superstición de ellos, se hallaba a sí misma recuperando un firme apoyo en sus obras de compasión femenina. Cualquier otra cosa que la hiciera dudar, la ayuda que brindaba a sus conciudadanos la hacía tener la certeza de que fray Girolamo había tenido razón al llamarla de vuelta. Según sus inolvidables palabras, su puesto no había estado vacío: se había llenado con su amor y su labor. Florencia la había necesitado, y cuanto más la oprimía su propio dolor, mayor regocijo sentía en los recuerdos, que se extendían a lo largo de aquellos dos largos años, de horas y momentos en los que había aligerado la carga de la vida para los demás. Todo aquel ardor de su naturaleza que ya no podía desahogarse en la ternura de mujer hacia el padre y el esposo, se había transformado en un
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XLIV. La Virgen visible
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