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XXII. The Prisoners

Era ese cambio que proviene de la partida definitiva de la juventud moral: de la adopción consciente y deliberada de un papel en la vida.

Las líneas del rostro eran tan suaves como siempre, los ojos tan diáfanos; pero algo se había ido, algo tan indefinible como los cambios en el crepúsculo matutino.

El francés estaba reuniendo instrucciones acerca del ceremonial antes de regresar a Signa, y ahora iba a echar un último vistazo a la Piazza del Duomo, donde la procesión real debía detenerse con fines religiosos. La distinguida comitiva atrajo las miradas de todos al entrar en la plaza, pero la atención no era del todo cordial y admirativa; hubo comentarios no del todo alusivos y misteriosos sobre los zapatos en forma de casco de caballo del francés —delicado halago a la superfluidad real en las puntas—, y nadie se preocupó de que ciertos gruñidos contra los «mediceos» fueran estrictamente inaudibles. Pero Lorenzo Tornabuoni poseía esa capacidad de disimular el fastidio que se le exige a un hombre que corteja la popularidad, y Tito, además de su disposición natural para vencer la animadversión con buen humor, tenía la fría indiferencia del extranjero hacia los nombres y detalles que mueven las pasiones más hondas del nativo.

Llegados a un punto desde el que se podía obtener una buena vista oblicua del Duomo, el grupo se detuvo. Los festones y artilugios colocados sobre la puerta central suscitaron ciertas objeciones, y Tornabuoni hizo un gesto a Piero di Cosimo, quien, como le era habitual a estas horas, estaba haraganeando frente a la tienda de Nello. Pronto se entabló una animada discusión, que resultó sumamente divertida debido al asombro del francés ante las singulares y mordaces afirmaciones de Piero, las cuales Tito tradujo literalmente.

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