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LV. Esperando

Esperando

Los alargados días de sol transcurrieron sin traer ni lo que Romola más deseaba ni lo que más temía.

No trajeron señal alguna de Baldassarre y, a pesar de la estrecha vigilancia por parte del Gobierno, ninguna revelación de la conspiración sospechada.

Pero trajeron otras cosas que la afectaban de cerca, y tendieron un puente sobre el espacio de ansiedad poblado de fantasmas con una activa simpatía ante la prueba inmediata. Trajeron la propagación de la peste y la Excomunión de Savonarola.

Ambos acontecimientos tendieron a detener su incipiente distanciamiento del Frate, y a consolidar de nuevo su afecto por el hombre que le había abierto la nueva vida del deber y que ahora parecía salir derrotado en la lucha por los principios frente a la disipación.

Porque Romola no podía llevar día tras día a las moradas de la peste y la miseria la sublime exaltación de un júbilo que, puesto que semejante angustia existía, a ella también le permitía existir para mitigar un poco esa amargura, sin recordar que le debía esta trascendente vida moral a Fray Girolamo.

No podía ser testigo de la silenciamiento y excomunión de un hombre cuya distinción frente a la gran masa del clero radicaba, no en creencia herética alguna, ni en sus supersticiones, sino en la energía con la que procuraba hacer de la vida cristiana una realidad, sin sentirse fuertemente inclinada a ponerse de su lado.

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