entusiasmo, Romola logró superar estos difíciles días de verano. No se había arriesgado a dirigirle a Tito ninguna palabra que le informara de su reciente entrevista con Baldassarre y de la revelación que este le había hecho. ¿Qué habrían conseguido de él unas palabras tan difíciles y agitadoras? Ninguna admisión de la verdad; nada, probablemente, salvo un frío sarcasmo sobre su simpatía por el asesino de este. Baldassarre estaba evidentemente desvalido: lo que había que temer no era que él hiciera daño a Tito, sino que Tito, siguiendo su rastro, llevara a cabo algún nuevo plan para librarse del hombre agraviado que constituía un pavoroso fantasma para él. Romola sentía que no podía hacer nada decisivo hasta haber vuelto a ver a Baldassarre y enterarse de toda la verdad sobre esa «otra esposa», enterarse de si era la esposa a quien Tito había estado atado en primer lugar.
Las sospechas sobre aquella otra esposa, que afectaban la peor herida de su orgullo hereditario, se mezclaron como una recrudecida desconfianza con los primeros recuerdos de su amor ilusorio, carcomiendo los persistentes