borde de tierra pedregosa. Su complexión robusta ya no tenía el vigor recio que le pertenecía cuando apareció por primera vez con la cuerda atada alrededor del cuerpo en el Duomo; y bajo el temblor transitorio provocado por el esfuerzo de subir la colina, sus ojos parecían tener una vaguedad más desamparada.
—La colina es empinada —dijo Romola con compasiva dulzura, sentándose a su lado—, ¿y temo que te hayas debilitado por la necesidad?
Él volvió la cabeza y fijó en ella los ojos en silencio, incapaz, ahora que había llegado el momento de hablar, de hallar las palabras que transmitieran el pensamiento que quería expresar: y ella permaneció tan inmóvil como pudo, no fuera a creer que estaba impaciente. No parecía más que un viejo vulgar y desatendido; pero ella ya estaba acostumbrada a estar muy cerca de esa clase de gentes y a pensar mucho en sus tribulaciones. Poco a poco su