sendero serpenteante la acercara a la vaca y a las cabras. Ella misma empezaba a sentirse desfallecer de calor, hambre y sed, y al llegar a una bifurcación doble, se detuvo a pensar si no le convendría esperar junto a la vaca, que probablemente alguien vendría a ordeñar pronto, en lugar de esforzarse en subir hasta la iglesia antes de haber descansado un poco. Al levantar los ojos para calcular la empinada distancia, vio que asomaba entre las ramas, a no más de cinco varas de distancia, una cara ancha y redonda que la observaba con atención, y más abajo la falda negra de la ropa de un sacerdote y una mano que agarraba un cubo. Se quedó observando en silencio, y la cara también permaneció inmóvil. Romola había presenciado a menudo la fuerza abrumadora del pavor en casos de peste, y era cautelosa.
Alzando la voz en un tono de suave súplica, dijo: «He cruzado el mar. Tengo hambre, y también el niño. ¿No nos darán un poco de leche?».
Romola había adivinado parte de la verdad, pero no había adivinado aquella preocupación en la mente del sacerdote que cargaba sus palabras de un extraño significado. Hace tan solo un momento, el joven acólito le había llevado la noticia al Padre de que había visto a la Santa Madre con el Niño, acarreando agua para los enfermos: era tan alta como los cipreses, tenía una luz alrededor de la cabeza y miraba hacia la iglesia. El pievano no había escuchado con entera fe: llevaba más de cincuenta años en el mundo sin haber tenido visión alguna de la Virgen, y pensaba que el muchacho podría haber malinterpretado la inesperada aparición de una aldeana. Pero se había sentido inquieto, y antes de aventurarse a bajar a ordeñar su vaca, había repetido muchos Aves. La conciencia del pievano lo atormentaba un poco: temía a la pestilencia, pero también temía al pensamiento de la Madre de dulce rostro, consciente de que aquella Misericordia Invisible podía exigirle algo más que oraciones y «avemarías».