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XLIV. La Virgen visible

La Virgen visible

La muchedumbre no tardó en seguir su camino cuando Romola bajó a la calle y se apresuró hacia las escalinatas de San Stefano. Cecco se había dejado atraer con los demás hacia la Piazza, y encontró a Baldassarre de pie, solo contra la puerta de la iglesia, con la taza de cuerno en la mano, esperándola.

Había en él un cambio sorprendente: la mirada vacía y soñadora de una conciencia a medias recuperada había dado paso a una fiereza que, al acercarse ella y hablarle, centelleó sobre ella como si hubiese sido su blanco. Era la mirada de la furia enjaulada que ve pasar a su presa a salvo más allá de los barrotes.

Romola se sobresaltó al recibir aquella mirada, pero su primer pensamiento fue que él había visto a Tito. Y al sentir la mirada de odio que la laceraba, brotó en su interior algo parecido a una esperanza de que aquel hombre pudiera ser el criminal, y de que su esposo no hubiera cometido ninguna falta con él. ¡Si pudiera averiguar eso ahora, poniendo a Tito cara a cara con él, y quedarse con el espíritu tranquilo!

—Si vienes conmigo —dijo—, puedo darte refugio y comida hasta que estés completamente descansado y fuerte. ¿Vendrás?

—Sí —dijo Baldassarre—, me alegra recuperar las fuerzas. Quiero recuperar las fuerzas —repitió, como si estuviera murmurando para sí mismo más que hablándole a ella.

—¡Ven! —dijo, invitándole a caminar a su lado, y tomando el camino junto al Arno hacia el Ponte Rubaconte por ser el más solitario.

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