camino al Mercato Vecchio, jurarás por tu santo patrono dejarme hacer la puja por ese traje manchado tuyo, cuando te compres uno mejor, como sin duda lo harás.
—De acuerdo, por san Niccolò —dijo el otro, riendo—. Pero ahora pongámonos en marcha hacia ese tal Mercato, pues siento la necesidad de un mejor forro para este jubón mío que andas codiciando.
—¿Codiciar? ¡Qué va! —dijo Bratti, cargándose el saco a la espalda y echando a andar. Pero interrumpió su respuesta y prorrumpió en tonos altos y ásperos, no muy distintos al chirrido y frote de la rueda de un carro:
“ Chi abbaratta—baratta—b’ratta—chi abbaratta cenci e vetri—b’ratta ferri vecchi? ”
“Vale bien poco”, dijo al poco rato, volviendo a su tono conversacional.
“Calzas y todo lo demás, vuestra ropa vale bien poco. Aun así, si tenéis intención de haceros con un laúd que valga más que cualquier otro nuevo, o con una espada que haya llevado un Ridolfi, o con un padrenuestro a la última moda, podría dejaros una gran ganga, tomándoos la ropa como parte del pago; porque, por simple que parezca aquí donde me veis, tengo la tienda mejor surtida del Ferravecchi, y está cerca del Mercato. ¡Alabada sea la Virgen! No llevo una calabaza sobre los hombros. Pero no me quedo enjaulado en mi tienda todo el día: tengo una mujer y un cuervo para quedarse en casa y cuidar el género. Chi abbaratta—baratta—b’ratta? … Y ahora, joven, ¿de dónde venís y a qué venís a Florencia?”
—Pensé que no te gustaba nada que te llegara sin regatear —dijo el desconocido—. Aún no me has ofrecido nada a cambio de esa información.