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Era tarde ya cuando Tito regresó a casa. Romola, sentada frente al bargueño en su estrecho aposento, copiando documentos, se disponía a interrumpir su labor porque la luz iba menguando, cuando su marido entró.
Había ido derecho a esa habitación en su busca, con una intención perfectamente definida, y había algo nuevo en el modo y en la expresión de Romola al mirarla él en silencio al entrar y, sin quitarse la gorra ni el manto, apoyar un codo sobre el bargueño y plantarse justo enfrente de ella.
Romola, plenamente asegurada durante el día de la seguridad del Frate, sentía los remordimientos de cierta penitencia por el acceso de desconfianza e indignación que la había impulsado a dirigirse públicamente a su marido sobre un asunto que sabía que él deseaba mantener en privado. Se decía a sí misma que probablemente se había equivocado. La duplicidad maquiavélica a la que incluso su padrino había aludido como inseparable de las tácticas de partido podría bastar para explicar la conexión con Spini, sin necesidad de suponer que Tito hubiera tenido jamás la intención de favorecer el complot. Deseaba expiar su impetuosidad confesando que había sido demasiado precipitada, y durante algunas horas su mente había estado rumiando la posibilidad de que esa confesión suya condujera a otras palabras sinceras que rompieran los dos años de silencio de sus corazones. El silencio había sido tan absoluto que Tito ignoraba que ella hubiera huido de su lado y regresado después; jamás se habían acercado a una