y tigres, son los problemas de vuestra vida que ahora están todos domeñados; y los extraños monstruos marinos, con sus alegres ojos —veamos— son los pasajes aburridos de los libros pesados, que han empezado a ser divertidos desde que nos sentamos el uno al lado del otro».
—¡Tito mio! —dijo Romola, con una voz de amor medio risueña—; ¿pero me darás la llave? —añadió, tendiendo la mano para recibirla.
—¡De ningún modo! —dijo Tito, con juguetona decisión, abriendo su scarsella y dejando caer dentro la pequeña llave—. La ahogaré en el Arno.
“Pero ¿y si alguna vez quisiera volver a mirar el crucifijo?”
—¡Ah! Por esa misma razón está oculto, oculto por estas imágenes de juventud y alegría.
Él le dio un ligero beso en la frente, y ella no dijo más, dispuesta a someterse, como todas las almas fuertes, cuando no sentía una razón válida para la resistencia.