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XII. El premio está casi al alcance de la mano

como aquellas vibraciones musicales que se apoderan de nosotros con un imperio rítmico que apenas cesa cuando ya deseamos que comience de nuevo.

Al subir los escalones de piedra, cuando aún estaba fuera de la puerta, sin nadie más que a Maso cerca de él, la influencia pareció haber comenzado su obra por la mera proximidad de la anticipación.

—Bienvenido, Tito mío —dijo la voz del anciano antes de que Tito hubiera hablado. Había un nuevo vigor en la voz, una nueva alegría en el rostro ciego, desde aquella primera entrevista hacía más de dos meses—. Has traído un nuevo manuscrito, sin duda; pero desde que estuvimos hablando anoche he tenido nuevas ideas: debemos abarcar un horizonte más amplio... debemos desandar nuestros pasos.

Tito, rindiendo su homenaje a Romola a medida que avanzaba, se dirigió, según era su costumbre, directamente a la silla de Bardo, puso su mano en la palma que se le tendía para recibirla y se sentó en el asiento de cuero con patas en forma de tijera y extremos enrollados, cerca del codo de Bardo.

—Sí —dijo, a su manera apacible—; he traído el nuevo manuscrito, pero eso puede esperar a que le apetezca. Tengo piernas jóvenes, ya sabe, y puedo volver a subir la colina sin ninguna dificultad.

No miró a Romola al decir esto, pero sabía muy bien que ella lo miraba con deleite.

“Bien dicho, hijo mío”. Bardo ya se había dirigido a Tito de ese modo una o dos veces últimamente. > “Y advierto con alegría que no rehúyes el trabajo, sin el cual, como sabiamente ha dicho el poeta, la vida no ha dado nada a los mortales. Con demasiada frecuencia es

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