desacreditaban de inmediato el documento impreso. ¿Acaso la lista de los dieciséis examinadores no estaba compuesta en su mitad por los más acérrimos enemigos del profeta? ¿Acaso el infame Dolfo Spini no era uno de los nuevos Ocho elegidos prematuramente para manipular los dados en contra de un hombre cuya ruina había sido decidida por el partido en el poder? Lo que se estaba tramando en el Palacio Viejo no era sino un asesinato con lentas formalidades. La Señoría se había propuesto cerrar un buen trato con el Papa y el duque de Milán mediante la eliminación del hombre que resultaba tan molesto para los ciudadanos viciosos y los codiciosos tiranos extranjeros como para un clero corrupto. El Frate había sido sentenciado de antemano, y la única cuestión que ahora se fingía plantear era si la República, a cambio del permiso para imponer un impuesto a los bienes eclesiásticos, debía entregarlo vivo en manos del Papa, o si el Papa debía conceder además a la República lo que su dignidad exigía: el privilegio de colgar y quemar a su propio profeta en su propia plaza.
¿Quién, bajo tales circunstancias, daría crédito absoluto a esta supuesta confesión? Si el Frate había negado su don profético, tal negativa solo le había sido arrancada por la agonía de la tortura; una agonía que, en su delicada complexión, debía de producir el delirio con rapidez. ¿Y si aquellos inicuos examinadores declaraban que solo había sufrido la tortura de la cuerda y la polea tres veces, y en un solo día, y que sus confesiones se habían hecho cuando no estaba sometido a ninguna coacción corporal?, ¿había que dar crédito a eso? Había sido mucho más torturado; había sido torturado en proporción a la angustia que sus confesiones habían creado en los corazones de quienes lo amaban.
Otros amigos de Savonarola, que eran partidarios menos ardientes, no dudaban de la autenticidad sustancial de la confesión, por mucho que hubiera podido ser alterada por las transposiciones y adiciones del notario; pero argüían indignados que no había nada en ella que pudiera justificar una condena a muerte, ni siquiera a un castigo grave.