sofocante aliento venenoso del pecado que me envolvía, cálido y denso, y amenazaba con adueñarse de mis sentidos como un vino embrutecedor. Mi padre no pudo oír la voz que me llamaba día y noche; no sabía nada de los demonios tentadores que intentaban arrastrarme de vuelta para impedirme seguirla. Mi padre ha vivido en medio del pecado y la miseria humanos sin creer en ellos: ha sido como alguien ocupado en recoger piedras brillantes en una mina, mientras arriba había un mundo que moría de peste. Hablé, pero él escuchó con desprecio. Le dije que los estudios a los que deseaba que consagrara mi vida o bien eran niñerías pueriles —juguetes muertos— o bien debían cobrar calor y vida gracias a pulsiones que latieran al ritmo de las ambiciones mundanas y los apetitos carnales, pues las ambiciones mundanas y los apetitos carnales constituían toda la sustancia de la poesía y la historia en las que quería que mantuviera mis ojos fijos incesantemente”.
“¿Es que mi padre no ha llevado una vida pura y noble, entonces?”, prorrumpió Romola, incapaz de escuchar en silencio esta implícita acusación contra su padre.
“Él no ha buscado honores mundanos; ha sido veraz; se ha negado todos los lujos; ha vivido como uno de los antiguos sabios. Jamás deseó que vivieras para ambiciones mundanas y pasiones carnales; deseó que vivieras tal como él mismo lo ha hecho, conforme a las más puras máximas de la filosofía en las que te educó”.
Romola hablaba en parte de memoria, como lo hacen todas las criaturas jóvenes, fervientes y empáticas; pero hablaba con una fe intensa. Tenía las mejillas sonrosadas y temblaba de pies a cabeza. Su hermano tardó de nuevo en responder; miraba su rostro apasionado con extraños ojos desapasionados.
¿Qué eran para mí las máximas de la filosofía? Me decían que fuera fuerte, cuando me sentía débil; cuando estaba dispuesto, como el