de plata en su cabello castaño, áspero y rizado, y alrededor del cuello el memorable collar, con un cordón rojo debajo que terminaba misteriosamente en su pecho. Su rostro redondeado mostraba una expresión aún más perfecta de satisfacción infantil que en su juventud; todo el mundo era tan bueno en el mundo, pensaba Tessa; incluso Monna Brigida no le ponía pegas ahora y apenas hacía otra cosa que dormir, lo cual era una costumbre amable en todo el mundo, y una que a la propia Tessa le gustaba.
Monna Brigida dormía en ese momento, en un sillón de respaldo recto, a un par de yardas de distancia. Su cabello, abierto hacia atrás bajo su cofia negra, tenía esa blancura suave que no se parece a la nieve ni a ninguna otra cosa, sino que es sencillamente la encantadora blancura del cabello envejecido.
Tenía la barbilla hundida sobre el pecho y las manos apoyadas en el reposabrazos de su sillón. No había estado tejiendo flores ni haciendo ninguna otra cosa: solo había estado mirando como de costumbre y, como de costumbre, se había quedado dormida.
Las otras dos figuras estaban sentadas más lejos, en el amplio umbral que se abría a la logia.
- Lillo estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada contra el ángulo del quicio y las largas piernas estiradas, mientras sostenía un gran libro abierto sobre las rodillas y, de vez en cuando, lanzaba manotazos a una mosca inquisitiva con un aire de interés más intenso que el suscitado por el ejemplar de Petrarca de fina impresión que mantenía abierto en una sola página, como si estuviera aprendiendo algo de memoria.
Romola estaba sentada casi enfrente de Lillo, pero no lo estaba observando. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada perdida en las lejanías de las montañas: era evidente que no era consciente de nada de lo que la rodeaba.