—Messer Bernardo —dijo Tito—, creo que este hombre está loco. No lo reconocí la primera vez que se cruzó conmigo en Florencia, pero ahora sé que es el criado que hace años me acompañó a Grecia junto con mi padre adoptivo, y que fue despedido debido a sus malas conductas. Su nombre es Jacopo di Nola. Ya por entonces creo que su mente estaba trastornada, pues, sin motivo alguno, había concebido un extraño odio hacia mí; y ahora estoy convencido de que padece una manía que le hace equivocarse de identidad. Ya ha intentado atentar contra mi vida desde que está en Florencia, y corro constante peligro por su causa. Pero es objeto de compasión más que de indignación. Es demasiado seguro que mi padre ha muerto. Usted solo cuenta con mi palabra al respecto; pero debo dejar a su juicio cuán probable es que un hombre de intelecto y erudición haya estado acechando en oscuros rincones durante el último mes con el propósito de asesinarme; o cuán probable es que, si este hombre fuera mi segundo padre, yo pudiera tener algún motivo para negarlo. Esa historia acerca de que fui rescatado de la mendicidad es la visión de un cerebro enfermo. Pero al menos será una satisfacción para mí que le exija pruebas de su identidad, no sea que alguna persona malévola decida utilizar esta loca acusación para reprochármela.
Tito había sentido cada vez más confianza a medida que avanzaba; la mentira no era tan difícil una vez empezada; y a medida que las palabras brotaban con facilidad de sus labios, le otorgaban una sensación de poder como la que sienten los hombres cuando han comenzado con éxito una proeza física. De este modo adquirió la audacia suficiente como para terminar con un desafío a presentar pruebas.
Baldassarre, mientras había estado paseando por los jardines y después esperando en una antesala del pabellón con los sirvicios, había estado