Pero era una iluminación que hacía que toda la vida le pareciera cadavérica. ¿Dónde estaban los seres a los que pudiera aferrarse, con los que pudiera trabajar y sufrir, con la creencia de que estaba trabajando por el bien?
Del lado de donde provenía la energía moral yacía un fanatismo ante el cual retrocedía con una repulsión recién despertada; del lado al que la atraían el afecto y la memoria, existía el presentimiento de algún complot secreto que, según le dictaba su juicio, no sería injusto calificar de crimen.
Y aun por encima de cualquier otro pensamiento estaba el temor inspirado por las insinuaciones de Tito, de que ese presentimiento se convirtiera en certeza, de tal modo que se viera desgarrada por exigencias irreconciliables.
La calma no llegaba ni siquiera a los escalones del altar; no llegaba al contemplar la serena pintura donde el santo, que escribía en la soledad rocosa, era visitado por rostros que poseían una paz celestial.
Romola se encontraba en la dura apretura de las dificultades humanas, y aquella soledad rocosa quedaba demasiado lejos. Se levantó de rodillas para apresurarse hacia sus enfermos en el patio y, mediante alguna acción benéfica inmediata, revivir esa sensación de valor en la vida que en ese momento no se nutría de ninguna fe más amplia.
Pero cuando se dio la vuelta, se encontró cara a cara con un hombre que estaba de pie a solo dos varas de ella. El hombre era Baldassarre.