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LVII

Los hombres sin principios eran útiles, pues permitían a los que tenían más escrúpulos mantener sus manos razonablemente limpias en un mundo donde había mucho trabajo sucio por hacer. En efecto, para las respetables mentes florentinas no estaba claro —a menos que se abrigara la extravagante creencia del Frate en una posible pureza y nobleza por las que luchar en esta tierra— cómo iba a sostenerse la vida en ningún ámbito sin instrumentos humanos a los que no fuera impropio patear o escupir en el momento de entregarles su salario. Algunos de estos mismos hombres que emitían un juicio tácito sobre Tito iban a verse envueltos próximamente en una transacción memorable que de ningún modo habría podido llevarse a cabo sin recurrir a una catadura tan carente de escrúpulos como la suya; pero, como su propio y brillante poeta Pulci había dicho por ellos, una cosa es amar los frutos de la traición y otra amar a los traidores⁠—

“Il tradimento a molti piace assai, Ma il traditore a gnun non piacque mai.”

La misma sociedad ha tenido una horca para el asesino y una horca para el mártir, un silbido execratorio para un acto cobarde, y un silbido igualmente sonoro para muchas palabras de generosa veracidad o justo discernimiento: un estado de cosas mixto que es signo, no de una confusión sin esperanza, sino de un orden en lucha.

Por lo que respecta al propio Tito, no ignoraba que había bajado un poco en la estimación de los hombres que habían aceptado sus servicios. Poseía ese grado de autoevaluación que acompaña necesariamente al hábito de actuar sobre la base de razones bien meditadas, de la índole que fueran; y, de haber podido elegir, habría preferido no verse desaprobado por hombres mundanos. Nunca había tenido la intención de ser desaprobado; siempre había querido conducirse con tanta habilidad que, si obraba en contra de las normas de los demás, estos no llegaran a

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