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XXXIX. Una cena en los jardines Rucellai

Tito se rio con alegría. Era demasiado agudo como para no calibrar la adulación exagerada de Tornabuoni, pero aun así la adulación tenía un sabor agradable.

—Mis articulaciones no están todavía tan rígidas —dijo— como para que no me induzcan a correr sin un premio tan alto como ése. Creo que las rentas de una o dos abadías retenidas «in commendam», sin la molestia de que me rapen la cabeza, me bastarían por ahora.

—No bromeaba —dijo Tornabuoni con grave suavidad—; creo que a un erudito siempre le vendría mejor tomar las órdenes sagradas. Pero hablaremos de eso en otra ocasión.

Uno de los objetivos que hay que tener en cuenta desde el principio es que usted se gane la confianza de los hombres que frecuentan San Marco; eso es lo que Giannozzo y yo haremos, pero usted puede llegar más lejos que nosotros, porque llama menos la atención. De ese modo podrá obtener un conocimiento exhaustivo de sus manejos y formará una pantalla más amplia para nuestra causa.

Naturalmente, nada puede hacerse antes de su partida hacia Roma, porque este pequeño asunto entre Piero de’ Medici y los nobles franceses debe resolverse de inmediato. Me refiero a cuando regrese, por supuesto; no necesito decir más. Creo que podría convertirse en el devoto mimado de San Marco, si quisiera; pero usted es lo suficientemente sabio como para saber que la disimulación eficaz nunca es desmedida.

—Si no fuera porque la adhesión al bando popular es necesaria para tu seguridad como agente de nuestro partido, Tito mio —dijo Giannozzo Pucci, cuyo trato era más fraternal y menos condescendiente que el de Tornabuoni—, habría deseado que tu talento se hubiera empleado de otro modo, para el que es aún más idóneo. Pero ahora debemos buscar entre nosotros a otro hombre que logre granjearse la confianza de nuestros acérrimos enemigos, los Arrabbiati; necesitamos conocer sus movimientos

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