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XXVI. La vestimenta del miedo

todos los sentidos; pues aún se estremecía ante la sensación de estar infligiendo deliberadamente sufrimiento a su padre: habría preferido con mucho que Baldassarre fuera próspero y feliz. Pero ya no se había dejado un segundo camino: ya no podía haber ningún conflicto; lo único que tenía que hacer era cuidar de sí mismo.

Mientras estos pensamientos cruzaban por su mente, avanzaba desde la Piazza di Santa Croce por la Via dei Benci, y al acercarse a la esquina que doblaba hacia el Borgo Santa Croce, sus oídos percibieron una música que no era la de la alegría vespertina, sino la del trabajo enérgico: la música del yunque.

Tito dio un leve sobresalto y apresuró el paso, pues los sonidos le habían sugerido un pensamiento bienvenido. Sabía que provenían del taller de Niccolò Caparra, famoso punto de encuentro de todos los florentinos a quienes interesaba la herrería curiosa y hermosa.

“¿Qué hace el gigante trabajando tan tarde?”, pensó Tito. “Pero tanto mejor para mí. Puedo hacer ese pequeño asunto esta noche en lugar de mañana por la mañana”.

Ocupado como estaba, no pudo evitar detenerse un momento a admirar el taller al llegar frente a él.

La amplia puerta, situada en el chaflán de un gran bloque o «manzana» de casas, estaba coronada por una logia techada con tejas acanaladas y sostenida por columnas de piedra con capiteles tallados toscamente.

Contra la luz roja enmarcada por el contorno de las tejas acanaladas y las columnas, se recortaba en negro la grandiosa figura de Niccolò, con sus enormes brazos en rítmico vaivén, ocultando primero y dejando ver después el perfil de su firme boca y su potente frente.

Dos figuras de ébano más esbeltas, una en el yunque y la otra en el fuelle, servían para realzar su superior corpulencia.

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