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El secreto del Vengador

Era ya casi el atardecer, y se levantó para emprender el camino de regreso hacia Florencia. Con sus danari para comprar un poco de pan, se sentía rico: podía dormir al aire libre, como veía que hacían muchos otros en todos los rincones de Florencia.

Y en los días siguientes había vendido su zafiro, había ampliado su vestuario, había comprado un brillante puñal y aún le quedaba un par de florines de oro. Pero tenía la intención de atesorar ese tesoro con cuidado: su alojamiento era un cobertizo con un montón de paja dentro, en una zona poco poblada de Oltrarno, y pensaba en buscar trabajo como porteador.

Él había comprado su daga en casa de Bratti. Al hacerle la visita que tenía meditada una tarde al anochecer, había encontrado a aquel singular trapero recién vuelto de una de sus rondas, vaciando su cesto lleno de vidrio roto y hierro viejo entre su hermosa muestra de variados artículos de segunda mano.

Al entrar Baldassarre en la tienda y dirigir la mirada hacia las elegantes prendas de vestir, los instrumentos musicales y las armas, que se exhibían en la luz más amplia del escaparate, sus ojos distinguieron de inmediato una daga colgada en lo alto contra un pañuelo rojo.

Al comprar la daga no solo podía satisfacer un fuerte deseo, sino que podía dar comienzo a su propósito inicial de un modo más indirecto que hablando del anillo de ónice. En el curso del regateo por el arma, dejó caer, con cautelosa indiferencia, que venía de Génova y que un conocido de esa ciudad, que había comprado un anillo muy valioso allí, lo había remitido a la tienda de Bratti. ¿Tenía el respetable comerciante más anillos de ese tipo?

A lo que Bratti replicó largo y tendido sobre lo improbable de que tales anillos estuvieran al alcance de mucha gente, jactándose profusamente de sus propias y raras conexiones, debidas a su conocida sabiduría y honradez.

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