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Prólogo

símbolos del juicio venidero, y donde el altar ostenta una Imagen crucificada que perturba la perfecta complacencia en uno mismo y en el mundo?

Nuestro Espíritu resucitado no era un filósofo pagano, ni un poeta pagano filosofante, sino un hombre del siglo quince, heredero de su extraña red de creencias e increencias; de ligereza epicúrea y terror fetichista; de una ética pedante e imposible recitada de memoria, y de pasiones burdas interpretadas con impulsividad infantil; de una inclinación hacia un paganismo indulgente consigo mismo, y de una sumisión inevitable a esa conciencia humana que, en la inquietud de un nuevo crecimiento, llenaba el aire con extraños vaticinios y presentimientos.

Había sonreído, tal vez, y negado con la cabeza dubitativo, al oír hablar a la gente sencilla de un Papa Angélico, que habría de venir más adelante y traer un nuevo orden de cosas, para purificar a la Iglesia de la simonía y la vida del clero del escándalo, un estado de cosas demasiado diferente del que existía bajo Inocencio VIII para que un mercader y político sagaz considerara la perspectiva digna de entrar en sus cálculos. Pero sentía los males de la época, no obstante; pues era un hombre de espíritu público, y el espíritu público nunca puede ser totalmente inmoral, ya que su esencia es la preocupación por el bien común. Precisamente en aquella Quaresima o Cuaresma de 1492 en la que murió, aún en su erguida vejez, había escuchado en San Lorenzo, no sin una mezcla de satisfacción, la prédica de un fraile dominico llamado Girolamo Savonarola, quien denunciaba con inusual audacia la mundanalidad y los hábitos viciosos del clero, y enfatizaba el deber de los hombres cristianos de no vivir para su propia comodidad cuando el mal triunfaba en las altas esferas, ni de gastar su riqueza en pompa externa ni siquiera en las iglesias, cuando sus conciudadanos sufrían por la necesidad y la enfermedad.

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