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LX

No le había sido dado morir por la causa más noble, y sin embargo moría a causa de su nobleza. Podría haber sido un hombre más mezquino y habérsele hecho más fácil no incurrir en esta culpa. Romola sentía toda la fuerza de esa simpatía por el destino individual que continuamente se opone a las fórmulas con las que se juzga a las acciones y a los partidos. Caminaba hacia el cadalso junto a su segundo padre, armándose de valor para desafiar la ignominia con la conciencia de que no era merecida.

El camino estaba cercado por trescientos hombres armados, que habían sido apostados como guardia por orden de Francesco Valori, pues entre las aparentes contradicciones de este acontecimiento, no la menos llamativa era la supuesta alarma, por un lado, ante la furia popular contra los conspiradores, y la supuesta alarma, por el otro, de que hubiera un intento de rescatarlos en medio de una multitud hostil.

Cuando hubieron llegado al patio del Bargello, a Romola se le permitió acercarse a Bernardo junto con su confesor para un momento de despedida. Muchas miradas se posaron en ellos, incluso en medio de aquella lucha de una muchedumbre agitada, cuando el anciano, olvidando que tenía las manos atadas con hierros, las levantó hacia la cabeza dorada que se inclinaba hacia él, y luego, reprimiendo ese movimiento, se inclinó para besarla. Ella asió las manos encadenadas que volvían a colgar hacia abajo y las besó como si hubieran sido cosas sagradas.

—Mi pobre Romola —dijo Bernardo en voz baja—, yo solo tengo que morir, pero tú has de vivir, y yo no estaré allí para ayudarte.

—Sí —dijo Romola, apresuradamente—, me ayudarás —siempre— porque te recordaré.

Se la llevaron y la condujeron por la escalinata que conducía a la galería abierta que rodeaba el gran patio antiguo. Ocupó allí su lugar, decidida a

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