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Epílogo

En la tarde del 22 de mayo de 1509, cinco personas, de cuya historia conocemos algo, estaban sentadas en una hermosa sala principal que se abría a una logia desde cuyo rincón derecho se divisaba todo el Borgo Pinti, y, por encima de la puerta de la ciudad, Fiesole y las solemnes alturas más allá de ella.

A un extremo de la estancia se abría un arco que daba a una pequeña habitación interior, apenas más que un hueco, donde la luz caía desde arriba sobre un pequeño altar cubierto con un limpio lino blanco.

Sobre el altar había un cuadro, perceptible desde la distancia donde se sentaba el pequeño grupo únicamente como el retrato pequeño de cuerpo entero de un fraile dominico. Pues estaba protegido de la luz cenital por ramas colgantes y guirnaldas de flores, y las velas frescas dispuestas debajo permanecían apagadas.

Pero parecía que la decoración del altar y su recoveco no estaba completa. Pues parte del suelo estaba esparcido con un revoltijo de flores y ramas verdes, y entre ellas se sentaba una delicada niña de trece años de ojos azules, apartándose de los ojos su largo cabello castaño claro mientras seleccionaba flores para las guirnaldas que tejía, o miraba la labor de su madre, dedicada a lo mismo, y le indicaba cómo hacerla con un pequeño aire doctoral.

Pues aquella madre no era muy hábil tejiendo flores ni en ningún otro trabajo. Los dedos de Tessa no se habían vuelto más diestros con los años, sino solo mucho más gruesos. Avanzaba despacio, giraba la cabeza a menudo y pedía la opinión de Ninna con mucha deferencia; pues Tessa no dejaba de asombrarse ante la sabiduría de sus hijos. Todavía llevaba su vestido de contadina: solo que era más ancho que el antiguo; y llevaba el alfiler

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