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V. El erudito ciego y su hija

por el antifaz de terciopelo negro que coronaba sus caídos cabellos blancos, hacía aún más perceptible el parecido entre sus facciones envejecidas y las de la joven, cuyas mejillas carecían también de todo tinte rosado. Había en ambos el mismo refinamiento en la frente y en las fosas nasales, contrarrestado por una boca carnosa aunque firme y un mentón poderoso, que conferían una expresión de orgullosa tenacidad e ímpetu latente: una expresión que se prolongaba en la postura altiva de la cabeza de la muchacha y en la noble línea de su cuello y sus hombros. Era un tipo de rostro del cual no se podía aventurar si inspiraría amor o tan solo esa admiración reacia mezclada de temor; la cuestión debía decidirse por los ojos, que a menudo parecen cargados con un mensaje más directo del alma. Pero los ojos del padre hacía tiempo que guardaban silencio, y los ojos de la hija estaban fijos en las páginas latinas de las Miscellanea de Poliziano, de las cuales leía en voz alta en el octogésimo capítulo, en el sentido siguiente:⁠—

“Había cierta ninfa de Tebas llamada Cariclo, muy querida de Palas; y esta ninfa era la madre de Tiresias. Pero cierta vez, cuando en el calor del verano Palas, en compañía de Cariclo, bañaba sus miembros despojados de ropas en el Hipocrene heliconio, aconteció que Tiresias, que venía como cazador a calmar su sed en la misma fuente, inadvertidamente vio a Minerva desvelada, y al instante quedó ciego. Pues está declarado en las leyes saturninas que quien contempla a los dioses en contra de su voluntad, lo pagará con una grave pena… Cuando Tiresias hubo caído en esta calamidad, Palas, conmovida por las lágrimas de Cariclo, lo dotó de profecía y larga vida, e hizo incluso que su prudencia y sabiduría continuaran después de haber entrado entre las sombras, de modo que un oráculo hablaba desde su tumba; y le dio un bastón con el cual, como guiado por la mano, pudiera caminar sin tropezar… Y de ahí que Nono, en el quinto libro de las Dionisíacas, presente a Acteón exclamando que considera dichoso a Tiresias, puesto que, sin morir y con la sola pérdida de la vista, había contemplado a Minerva desvelada, y así, aunque ciego, podía llevar por siempre jamás su imagen en el alma”.

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