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XVI. Una broma florentina

Una broma florentina

Temprano a la mañana siguiente, Tito regresaba de la tienda de Bratti por la estrecha calle de los Ferravecchi. El extranjero genovés se había llevado el anillo de ónice y Tito se llevaba cincuenta florines.

Se le pasó fugazmente por la cabeza que si, después de todo, la Fortuna, mediante alguno de sus hábiles ardides, lo libraba de la necesidad de abandonar Florencia, habría sido mejor para él no haberse desprendido de su anillo, ya que se entendía que lo llevaba por causa de particulares recuerdos y predilecciones; aun así, era un asunto menor, que no valía la pena detenerse a rumiar con ningún énfasis, y en aquellos momentos había perdido la confianza en la fortuna.

La fiebre y la agitación de la primera alarma, que habían impulsado su mente a viajar hacia el futuro, habían dado paso a una modorra sorda y apesadumbrada. Le importaban tanto los placeres que solo podían llegarle a través de la buena opinión de sus semejantes, que ahora deseaba no haber arriesgado jamás la ignominia al rehuir aquello que sus semejantes llamaban obligaciones.

Pero nuestros actos son como hijos que nos nacen; viven y actúan al margen de nuestra propia voluntad.

No, los hijos pueden ser estrangulados, pero los actos jamás: tienen una vida indestructible tanto dentro como fuera de nuestra conciencia; y esa terrible vitalidad de los actos presionaba con fuerza sobre Tito por primera vez.

Volvía a su alojamiento en la Piazza di San Giovanni, pero evitó pasar por el Mercato Vecchio, que era el camino más corto, por miedo a ver a Tessa.

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